Día 65: Manchas de sangre
Los oigo a todas horas. Desde que abro los ojos hasta que hago un intento por cerrarlos, su sonido está siempre presente. Un sonido que parece provenir del mismo infierno que estoy habitando. Es en estos momentos cuando echas de menos cualquier palabra, por muy molesto que fuera el interlocutor, o por muy absurdas que sonasen las afrimaciones, siempre sería mejor que esto. Me levanto de la cama para subir las persianas, y ahí siguen. Arrastrando sus descompuestos cuerpos por las mismas calles que antes transitaban con indiferencia. No parece que se reconozcan entre ellos, cosa que siempre me ha parecido curiosa, pues hasta los animales pueden tienen un cierto instinto. Y aun así no se muerden los unos a los otros. ¿Será ese dichoso quejido que repiten incesantemente? La verdad es que me importa una mierda.
Me acerco a la cocina a prepararme un café. No sé cuánto durará la electricidad, pero disfrutaré de ella todo el tiempo que pueda. Y puede que el agua esté contaminada. Vete a saber cuántos de ellos habrán caído en según qué sitios. Pero eso son cosas del pasado, de cuando me preocupaba tener una manga de la camisa más larga que la otra, o de que el coche tuviera un pequeño arañazo. Miro la cesta de la ropa, allí sigue la camiseta de ayer, completamente empapada en sangre. Tengo que lavarla esta noche sin falta. Como todos los días, me acerco con el café a la mesa del salón y enciendo la tele. Aún sigue el dicho cartel de emergencia. "Rogamos permanezcan a la espera". Será cuestión de esperar a que los devoren a todos. Aunque creo que eso ya ha pasado. Fue todo tan rápido que es hasta absurdo preguntarse cosas más allá de qué estaba haciendo cuando se fue todo a tomar viento. Siempre lo pienso y nunca lo recuerdo. Me parece increíble que en tan solo 65 días lo haya olvidado. ¿Estaba con Sara? ¿Sara se había ido al trabajo? Me reconforta pensar que eso son sólo detalles en relación a un todo: mi recuerdo de Sara. Y eso es difícil de olvidar. Dejo el café en la mesa y me dirijo al dormitorio de invitados. Allí sigue Sara. Me mira. No me reconoce, por supuesto. Empieza a gemir como los de abajo e intenta mover sus brazos, pero la cuerda sigue firme.
Pongo uno de sus discos favoritos. ¿O era uno de los míos? La música tapa los gemidos, lo que me permite pensar durante unos segundos. Es un plan absurdo, de hecho no es ningún plan, por eso debo animarme a diario. Hago mis cálculos. Ayer cayeron cien. A este ritmo debo llevar más de tres mil. O puede que menos. Nunca se me dieron bien los números, pero sí sé que ahí fuera parece haber el mismo número de zombis de siempre. Pero no es cosa de desanimarse, así que cojo el machete y el martillo.
Como cada día, voy a mancharme de sangre.
Me acerco a la cocina a prepararme un café. No sé cuánto durará la electricidad, pero disfrutaré de ella todo el tiempo que pueda. Y puede que el agua esté contaminada. Vete a saber cuántos de ellos habrán caído en según qué sitios. Pero eso son cosas del pasado, de cuando me preocupaba tener una manga de la camisa más larga que la otra, o de que el coche tuviera un pequeño arañazo. Miro la cesta de la ropa, allí sigue la camiseta de ayer, completamente empapada en sangre. Tengo que lavarla esta noche sin falta. Como todos los días, me acerco con el café a la mesa del salón y enciendo la tele. Aún sigue el dicho cartel de emergencia. "Rogamos permanezcan a la espera". Será cuestión de esperar a que los devoren a todos. Aunque creo que eso ya ha pasado. Fue todo tan rápido que es hasta absurdo preguntarse cosas más allá de qué estaba haciendo cuando se fue todo a tomar viento. Siempre lo pienso y nunca lo recuerdo. Me parece increíble que en tan solo 65 días lo haya olvidado. ¿Estaba con Sara? ¿Sara se había ido al trabajo? Me reconforta pensar que eso son sólo detalles en relación a un todo: mi recuerdo de Sara. Y eso es difícil de olvidar. Dejo el café en la mesa y me dirijo al dormitorio de invitados. Allí sigue Sara. Me mira. No me reconoce, por supuesto. Empieza a gemir como los de abajo e intenta mover sus brazos, pero la cuerda sigue firme.
Pongo uno de sus discos favoritos. ¿O era uno de los míos? La música tapa los gemidos, lo que me permite pensar durante unos segundos. Es un plan absurdo, de hecho no es ningún plan, por eso debo animarme a diario. Hago mis cálculos. Ayer cayeron cien. A este ritmo debo llevar más de tres mil. O puede que menos. Nunca se me dieron bien los números, pero sí sé que ahí fuera parece haber el mismo número de zombis de siempre. Pero no es cosa de desanimarse, así que cojo el machete y el martillo.
Como cada día, voy a mancharme de sangre.


0 Comments:
Post a Comment
<< Home